CARLOS VELAOCHAGA
AMEA ASOCIACION MUNDIAL DE ESCRITORES ANDINOS
|




Por Luis Enrique Tord (Barranco, Abril 1999)
Hace más de una década que aparece en el diario Expreso, una columna que nos recuerda
sencilla y lúcidamente aspectos esenciales de la vida humana individual, social y
trascendente que el tráfago cotidiano de nuestra época se encarga de sepultar
reiteradamente bajo una marea de bullicio, ignorancia y mediocridad. Una columna que logra
algo sorprendente: convertir el periodismo, crecientemente intoxicado de ramplonería y
tediosas repeticiones, en un espacio donde se lee acerca de cuestiones de veras serias. Un
espacio donde se emiten términos y conceptos casi inexistentes en los superficiales escritos
cotidianos: ser, alma, eternidad, Dios, esoterismo, misticismo…. Y algo tanto o más
inesperado: conceptos que vienen de otras culturas como manvantara, advaita, kali yuga,
yin, yang y karma. Ello se debe, en primer lugar, a su autor que es antropólogo y estudioso
de las culturas y religiones tradicionales mundiales y, en segundo lugar, a la tolerancia de los
directivos del periódico entre quienes se hallan - ¡felizmente! – antropólogos distinguidos.
Quiere decir que esta disciplina exótica, en la que nos hemos formado algunos ha ido dando
excelentes resultados al fructificar en instituciones tan influyentes como los diarios nacionales
que llegan a todos los rincones del país.
Acerca de la singularidad de la columna de Velaochaga hay que subrayar algunas
consideraciones. Una de ellas es que él pertenece; dentro de la generación del sesenta; a
esa jauría de lobos esteparios que irrumpieron en la vida nacional hace 40 años con
inusitada energía juvenil y una extraordinaria independencia. En efecto: muchas décadas
antes que los economistas y sociólogos cacarearan en advenimiento de la globalización; aquí
el grupo de jóvenes abrieron; hace 8 lustros; silenciosamente o a patadas; las puertas del
futuro; de un futuro que muchos no percibieron terminando por diluir sus vidas en oficios
anodinos. Ese grupo; a contracorriente estudiaba libros exóticos en aquella época pues,
constatando la fatiga sicológica de occidente y su creciente desorientación; se avocó a la
maravillosa aventura de buscar maestros y respuestas donde los hubiere, así fuese,
literalmente, en las remontas alturas del Tibet. Era un círculo pequeño de queridos amigos;
que se aplicó a prácticas de meditaciones y ejercicios espirituales; cultivando lecturas
clandestinas al propio tiempo que se intensificaba en el mundo el tedio en las existencias
individuales y acumulaban nubarrones anunciadores de grandes tempestades en la vida de
los pueblos.
En las sociedades totalitarias creadas por las utopías de nuestro siglo; ese círculo hubiera
terminado en un “gulag”. En nuestro país se circunscribió a su soledad mientras avasallaban
al mundo las ruidosas propuestas sociales que prometían el paraíso en la tierra. De esta
forma; el estudio de las religiones, el arte y las cosmovisiones de nuestro pueblo y de otros
lugares del planeta fue el evidentemente audaz proceso pionero de la actual globalización
que llegó posteriormente. Podemos afirmar, resueltamente, que en ello primero abrieron
trocha con su esfuerzo generoso y gratuito las generaciones intelectuales cosmopolitas del
sesenta y, después, llegaron a ese proceso de globalización los políticos; los financistas y los
comerciantes con su sentido nada gratuito, es decir, utilitario.
En el transcurso de ese acontecimiento en que participó Velaochaga tuvimos a un maestro
inolvidable: Onorio Ferrero de Gubernatis Ventimiglia. No sólo fue nuestro mentor sino
nuestro amigo. Y lo tratamos con mayor frecuencia fuera de los claustros universitarios que
en ellos. En la universidad vivimos con él un sabio proceso de introducción a temas
fundamentales. Pero lo más importante vino después cuando, habiendo adquirido nosotros
mayor experiencia, lo invitamos a formar círculos de conversación en los cuales no cesamos
nunca de aprender. Los libros de René Guénon, Mircea Eliade, Ananda K. Coomaraswamy,
Joseph Campbell, Raimundo Panikkar; Frithjof Schoun, Titus Burkhardt, Jean Haní eran
lectura permanente de tal forma que los aspectos centrales de la cultura y del destino del
hombre se nos hicieron menos desconocidos.
Luego vino para Carlos y los demás las espléndidas aventuras del amor, los viajes y la
dedicación continua al mejor conocimiento de nuestro pueblo, en particular el del Ande. Esa
dedicación y la aplicación de la existencia ha objetos verdaderamente valiosos ha llevado a
Velaochaga a conocer profundamente el Perú y a efectuar estudios sistemáticos de
antropología. Pero más allá del investigador había en él un alma de artista. ¿Acaso no es un
gran conocedor de nuestra música criolla y un eximio cultor de la jarana de contrapunto? En
otras épocas hubiera sido un trovador de corte medioeval o, entre los incas un takicamayoq;
de aquellos que recitando y cantando daban fe de las hazañas de los incas de las panacas
reales.
En lo que lleva de vida no cabe duda que ha sido decisiva en su formación su actividad como
montañista y guía de expediciones por caminos de nuestra serranía. Y fundamental, su larga
estadía en el Cusco donde regentó en una época de inolvidable Qhatuchay; taberna que
fundara en los altos del Portal de Confiturías de la Plaza Mayor del Cusco. Allí proseguimos
nuestras conversaciones antropológicas mientras colgaban sobre nuestras cabezas
salchichas y morcillas de la comarca, un conjunto de músicos interpretaban huaynos y
yaravíes y la variopinta clientela libaba la siempre agradable cerveza regional. Y algo
contaron otras vivencias como cuando a Carlos, a Fernando la Rosa y a mí nos persiguió en
la década del sesenta por las calles de Miraflores una camioneta de la policía nacional
disparando contra el Volkswagen de Carlos confundiéndonos con terroristas por nuestros
rostros barbados en aquella época de la peripecia guerrillera de Luis de la Puente Uceda.
Todo esto y mucho más está en el fondo de la memoria de Velaochaga permitiéndole revivir
con serenidad, sentido del humor y conocimiento los temas tan diversos de los que trata: el
futuro del agro, los indios del Perú, la sacralización de las fiestas, el universo de los incas, las
fiestas patrias, la cultura Occidental y la Andina, Sendero Luminoso, la costa y la sierra, “de
la choledad su laberinto”, la educación del alma; sexo y moral, las sectas, etc. Es decir,
asuntos que tienen que ver con los temas más variados de la sociedad peruana, el arte, la
religión, la cultura. Para hacerlo se requiere de una amplia información, un agudo sentido de
observación y la independencia de un lobo estepario, la misma que tenía el gran personaje
de Herman Hesse, lectura obligada de nuestra juventud.
Me alegra sobremanera haber cultivado una continua y leal amistad con uno de los
personajes de mi generación que, más allá de los avatares de la existencia, se ha mantenido
firme en su búsqueda, abierto a todas las posibilidades, haciendo que goce su espíritu con lo
que nos da a la pródiga Naturaleza, fijando su curiosidad y atención en las enseñanzas de
las grandes reservas inagotables de beneficios que atesoran los textos sagrados de todas
las tradiciones, así como la música, la danza, la conversación y el silencio.
No me cabe duda de que Carlos no hubiese escrito sus colaboraciones periodísticas en la
claridad y en la penetración que las caracteriza sin esa formación que deseamos para las
nuevas generaciones que, esperamos, no se dejarán encandilar fácilmente por las
coyunturas pasajeras de la política ni por los epidérmicos encantamientos engañosos del
mercado. Lejos de esa bulla, las fértiles consideraciones de Velaochaga deben haber
sembrado muy ricas semillas en el alma de sus fieles y atentos lectores.


